
El Evangelio del 10 de abril de 2025, según San Juan, revela la divinidad eterna de Jesucristo, quien afirma ser el 'Yo soy' antes de Abraham. Esta verdad de fe tiene profundas implicaciones para los cristianos, guiándolos hacia la salvación y una vida de virtudes.
Hola, soy el padre Tristángel, misionero en Italia. Hoy, 10 de abril, jueves de la quinta semana de cuaresma, leemos el evangelio según San Juan, capítulo 8, versículo 51:
"En verdad, en verdad os digo, quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre."
En este pasaje, Jesús se dirige a los judíos, quienes responden con incredulidad. Ellos le dicen:
"Ahora vemos claro que estás endemoniado. Abraham murió, los profetas también, y tú dices: quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre. ¿Eres tú más que nuestro padre Abraham que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes?"
A lo que Jesús responde:
"Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: 'Es nuestro Dios', aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera: 'No lo conozco', sería como vosotros un embustero. Pero yo lo conozco y guardo su palabra."
Este intercambio revela la profunda tensión entre la fe de Jesús y la incredulidad de los judíos. Jesús afirma que Abraham, su padre espiritual, se llenó de alegría al anticipar su llegada.
Cuando los judíos cuestionan a Jesús sobre su edad, Él responde:
"En verdad, en verdad os digo, antes de que Abraham existiera, yo soy."
Esta declaración es fundamental, ya que Jesús no dice "yo era", sino "yo soy", indicando su existencia eterna. Este concepto de eternidad es crucial para entender la divinidad de Jesucristo.
La fe en la divinidad de Jesucristo ha enfrentado adversarios a lo largo de la historia, desde su vida terrena hasta nuestros días. Existen teorías erróneas que sugieren que Cristo fue un hombre que se convirtió en Dios o que fue adoptado por Dios. Sin embargo, estas ideas chocan con la autoconfesión de Jesucristo sobre su propia divinidad.
Jesús enseña que su divinidad es eterna, que es el Verbo eterno del Padre hecho hombre. Esta verdad se reafirma en el símbolo niceno-constantinopolitano, que dice:
"Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre."
El Papa Juan Pablo II enfatizó que esta es una verdad de fe, sellada con la sangre de Cristo en la cruz y confirmada por su resurrección.
Confesar la eternidad y la divinidad de Jesucristo tiene profundas consecuencias para la vida de todo cristiano. En primer lugar, nos ayuda a mantenernos en la recta fe católica y en el camino de la salvación. Jesús dice:
"El que cree que yo soy tiene la vida eterna."
Además, esta confesión nos impulsa a vivir virtudes como la fe, la esperanza y la caridad, que nos conectan directamente con Dios. Nos lleva a priorizar lo espiritual sobre lo temporal y a crecer en nuestra vida de oración.
Juan Pablo II también destacó que, a través del misterio del "yo soy", la historia humana adquiere un sentido y una dirección. La encarnación del Verbo eterno de Dios ha fecundado la historia, permitiendo que los hombres aspiren a la eternidad. Jesús promete la felicidad eterna a quienes creen en Él, ya que solo Él tiene palabras de vida eterna.
Hoy, pidamos a María Santísima, madre del Verbo eterno encarnado, la gracia de siempre confesar la divinidad de Jesucristo, ahora y por toda la eternidad. Que María Santísima los bendiga a todos.
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