
In this reflection on the Gospel of Luke, Father Ezequiel Ayala emphasizes the importance of hearing and keeping God's word, drawing parallels between the life of Mary and our own paths to happiness through obedience and good works.
Sea alabado Jesucristo. Soy el padre Ezequiel Ayala, misionero en Rusia. Hoy es 12 de octubre del año 2022 y nos toca reflexionar sobre el evangelio de Lucas, capítulo 11, versículos 27 y 28.
El pasaje dice: "Suscilló que estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo, 'Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron.' Pero él dijo, 'Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.'"
Este diálogo nos invita a profundizar en el significado de la felicidad y la obediencia a la palabra de Dios.
Queridos hermanos, ser felices está a nuestro alcance. La explicación católica del evangelio que acabamos de escuchar nos enseña que Jesús supone que tenemos buen juicio y razón. Aquellos que aman a Jesús y tienen el mismo Espíritu por el cual el Verbo se hizo carne, el Espíritu Santo, nunca verán en este pasaje evangélico una especie de rechazo de Jesús a su madre santísima.
Lo que dice Jesús, en otras palabras, es que María, su madre santísima, es feliz no solo por haber dado a luz y criado un hijo que le salió bueno, como sucede gracias a Dios con la mayoría de las madres, sino por haber sido no solo oidora de la palabra de Dios, sino también guardadora de la voluntad de Dios, de su palabra.
Los santos padres dicen del misterio de la encarnación que María, mucho antes de concebir a Cristo en su seno, ya lo había concebido en su mente y en su corazón. A él ya le había entregado antes de su vientre todo su ser. Por eso María sabía muy bien quién era su hijo y, al mismo tiempo que lo criaba, lo adoraba.
Dios se da a María de un modo único y Dios ciertamente se nos quiere dar a cada uno de nosotros. De ello es prueba y al mismo tiempo un signo eficaz la Eucaristía. Jesucristo quiere unirse a nosotros, pero de nada sirve recibir la Eucaristía, es decir, a Jesús mismo entero bajo las especies del pan y del vino, si no nos esforzamos por entregarle un corazón limpio y darle todos nuestros pensamientos.
Jesús se da entero a nosotros y quiere que nosotros no nos reservemos nada, que se lo demos todo. Quiere que vivamos para él como él vive para nosotros, que nuestras obras concuerden con nuestras palabras. Así, de ese modo, vivió María para él toda entera.
¿Qué significa vivir para él? Si partimos del evangelio de hoy, podemos tomar el ejemplo de nuestra santísima madre. En cada etapa de su vida, ella vivió con Jesús, para Jesús, lo llevaba en su seno.
Nosotros lo podemos llevar dentro, servirlo, arroparlo, alimentarlo con nuestras buenas obras.
¿Qué buenas obras? Principalmente la obediencia. La obediencia, como nos la entiende la frase de nuestro Señor hoy: "Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan." Esto es buscar su voluntad, conocerla y esforzarnos por cumplirla.
Por eso, la imagen de la maternidad de María, que es la más fácil de ver, no debe impedir que vayamos más allá para ver que María es la mejor alumna de su hijo amado. Es lo que entendemos, quiere Jesús que entendamos en sus palabras, por lo menos nosotros, hombres y mujeres de nuestra época, que ya tenemos toda la revelación y los comentarios de los santos padres en esa dirección.
María es feliz por haber oído la palabra de Dios y haberla observado, guardado toda su vida. Y eso a nosotros nos llena de esperanza, porque eso sí que está a nuestro alcance. Nosotros también podemos ser felices del mismo modo. Eso quiere decir Jesús.
Por eso le pedimos a la santísima Virgen en el día de hoy que nos ayude a tomar conciencia del valor que tienen todos nuestros actos, buenos o malos, sobre el corazón amantísimo de Jesús.
Nuestros pecados han hecho sufrir al Señor en el Calvario, pues por nuestros pecados murió. Pero al mismo tiempo, Jesús ha recibido un consuelo enorme también durante su pasión de nuestras buenas obras, de nuestros actos virtuosos, de nuestro amor, de nuestra obediencia a su palabra.
Siempre busquemos consolar su corazón. Esa gracia le pedimos a la santísima Virgen.
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